Jan's profileJan´s SpacePhotosBlogLists Tools Help

Jan Alvarez

Occupation
Location
Interests
Soy un chico alegre, creativo y moreno.
Toco en un grupo y estudio la carrera de ingenieria minera. Se me da bien escuchar y puedo ser muy cariñoso.
Entre pesao y entretenido estoy.
by 
by 
by 
by 

Jan´s Space

9/30/2006

Para esa persona que lo está leyendo

Si nadie te ama...mi alegria es amarte
Si lloras...estoy deseando consolarte
Si eres debil..te dare mi fuerza y mi energia
Si nadie te necesita...yo te busco
Si eres inutil..yo no puedo prescindir de ti (YA LO HAS VISTO NO??)
Si estas vacio...mi plenitud te colmara
Si tienes miedo..te llevo sobre mis espaldas
Si quieres caminar...iré contigo
Si me llamas...vengo a por ti
Si te pierdes...no duermo hasta encontrate
Si estas cansado...soy tu descanso
Si pecas..soy tu perdon
Si me hablas...tratame de tu
Si me pides...soy don para ti
Si me necesitas,te digo "Estoy aqui,dentro de ti"
Si te resistes..no quiero que hagas nada a la fuerza
Si estas a oscuras...soy la lampara de tus ojos
Si eres infiel...yo soy fiel
Si quieres conversar...yo te escucho siempre
Si me miras...veras la verdad de tu corazon
Si estas en prision..te voy a liberar
Si quiebras...te curo todas las fracturas
Si te manchas...no quiero que salves las apariencias
Si piensas que soy tu rival..yo no quiero quedar por encima de ti
Si estas excluido..yo soy tu aliada
Si todos te olvidan...mis entrañas se extremecen recordandote
Si no tienes a nadie..me tienes a mi
Si eres silencio..mi palabra habitara en tu corazon
9/13/2006

Comunicando...

 
A pesar de todo, me encantó.
 
A pesar de todo, varios año no son lo suficiente...
 
A pesar de todo, nunca viví un instante mas íntenso que aquel contigo.
En aquel bar.
Tras varias cervezas.
Tras miles de pasos.
Tras millones de solitarios minutos.
Tras años luz de distancia.
Ocurrió.
 
 
 
A pesar de todo la comunicación no era buena.
 
Y como siempre llamé...   y estaba comunicando.
9/6/2006

3º texto: Tardes de invierno

TARDES DE INVIERNO

 

 

No las esperaba. Creí que no iban a volver jamás las malditas frías, oscuras y tristes tardes de invierno. Y, sin embargo, ahí están. Llevo todo el día sin saber que hacer. Es de noche desde las 6 de la tarde, y en la televisión no echan nada que no provoque movimientos gástricos en mi intestino.

Quizá si durante mi vida me hubiera preocupado de educarme como una persona frívola y chismosa ahora podría entretenerme con los programas de cotilleos u ojeando indiscretamente páginas y páginas sobre prensa rosa. Pero yo, haciendo un poquitito de caso a mi ego, lo más a lo que aspiro durante estas malhadadas horas es leer algún libro de autoayuda o tratar de evadirme encendiendo el ordenador y conectando a él una de mis guitarras. Y así paso la tarde, tocando una guitarra con la que no me siento cómodo, dejándome la vista en la pantalla de mi PC y harto de escuchar una y otra vez las mismas canciones, tratando de que mis dedos no hagan siempre un recorrido idéntico por los ya sin brillo y desgastados trastes.

 

Una llamada, un mensaje o una ventanita del messenger me sacan de mi ensimismamiento y me devuelven al exterior. ¡Propuestas de quedar con gente! Me resulta incomprensible con el frío que debe de haber fuera, y además estando tan oscuro... ¿cómo pueden querer salir?. Alguien me comenta algo sobre ir a algún bar heavy a tomar un par de cervezas. Otro me dice de acercarnos hasta el espabila. Alguno siempre hay que no quiere (o no puede) salir. Y una a una, ya sea por desgana o por apatía,  se me van quedando todas las propuestas fuera del orden del día. Y otra vez me vuelvo yo tan oscuro como esta puñetera tarde.

 

Cada poco miro mi correo. No hay nada nuevo. Fugaces visitas a mi juego on-line me distraen lo preciso para que me decida a abrir el programa de grabación, y conectar el metrónomo a una pulsación, lo suficientemente baja, como para no alterar mi estado de ánimo. “Por favor, no pulsen mi interruptor de Stand-by” comento mientras sigo sólo en casa, enchufado a mi guitarra, enchufado al ordenador, enchufado al ciberespacio y desenchufado, sin darle demasiada importancia, de mí mismo.

Consigo llevar mi consciencia hasta el presente gracias al incesante parpadeo de, las que me parecen, las más tristes y lejanas ventanas azules del messenger que haya visto nunca. Hoy hay mil personas que quieren recordarme lo lejos que me siento del mundo, esas mismas mil personas que equivalen a mil ausencias en  esos días en que lo único que quieres es no sentirte solo...  resulta irónico.

 

Deseo, de una manera asfixiante, que llegue inmediatamente la próxima jornada, que ya esté dormido o me esté despertando durante un luminoso amanecer, y ver que el calendario marca un día más del negro caracter que, en divino sorteo, le ha tocado al día de hoy. En fin, no todas las tardes iban a acariciar un deslumbrante y sonriente sol en el firmamento. Quizá si fuera capaz yo de poner ese sol en lo alto del cielo que me ofreciera compartir de su calor, la forma en que veo esta jornada sería diferente... pero hoy no, hoy no quiero. Hoy es una fría, oscura y triste tarde de invierno.

 

 

 

“Estoy perdiendo altura, a punto de quedarme a oscuras.

Como una tarde de invierno...” ( Quique González )

9/4/2006

2º texto: Te he echado de menos hoy

TE HE ECHADO DE MENOS HOY

 

 

Hoy he vuelto a echar de menos aquellas cartas. Aquellas cartas que me hacían tanto daño y conseguían retorcerme en la cama por la noche. Aquellas cartas en que me decías lo bonita que había sido tu vida, y lo triste que se había vuelto desde aquella noche. Y yo me sentía triste por no haber sido el culpable. “Mal trigo” me decía a mí mismo, pero no me consolaba. Y me hundía un poquito más entre tus líneas. Aquellas líneas que parecía que las cargaba en mismísimo diablo, escritas con una pluma de doble filo o con un revolver cargado y lleno de tinta en la punta. Aquellas frases que no tenían más que una forma de interpretarlas y yo me imaginaba mi propia película, mi propia realidad, en la que tus palabras no contaban. Mi forma de ver el mundo no pasaba a través de tus cartas, sino que eran ellas las que pasaban a su través. Era inevitable.

 

Hoy he vuelto a echar de menos tus conversaciones. Aquellas largas conversaciones que me hacían tanto daño y conseguían retorcerme en la cama por la noche. Aquellas conversaciones que me decías lo bonita que había sido tu vida, y lo triste que se había vuelto desde aquella noche. Y me hacía daño oírte. Y nunca traté de escucharte. Era imposible que pudiera escucharte, no con mis heridas. Cualquier cosa que decías se adentraba muy adentro, y no hacía más que echar sal. Y me hundía un poco más en tu voz. Aquella voz que parecía proveniente del mismísimo cielo, una voz angelical, que me suscitaba la esperanza de que las cosas podían ir a mejor. Que incluso podían llegar a ir bien. Pero no pasó. Era inevitable.

 

Hoy he vuelto a echar de menos verte. Aquella jovencita que lo había echo ya todo, que no hacía mas que recordarme lo que yo no era, lo que yo no había conseguido o lo que yo no tenía. Y me hacía daño, y conseguía retorcerme en la cama por la noche. Incluso estando ella en la habitación de al lado. Y ella me contaba lo bonita que había sido su vida y lo triste que se había vuelto desde aquella noche. Llevándome al borde de la desesperación a la una de la madrugada. Diciéndome que no quería más. Que nunca quiso nada. Y que ya no volvería a verla... Preguntándome a qué hora salía su autobús. Y su boca desprendía lo que no pude más que juzgar como indiferencia. Yo no quería aceptar lo que estaba diciendo, no podía, ni sabía cómo hacerlo. Después de todo lo que hicimos era totalmente inevitable.

 

Era la recompensa justa.

 

 

 

                  Y un día volví a verte.

 

 

                  Después encontré a otra.

 

 

 

 

 

“Sálvame de sucesos en lata” ( Quique González )

1º texto: ¿Qué es la muerte?

¿QUÉ ES LA MUERTE?

 

 

La muerte es el despertar a la vida. La muerte apenas es más que darse cuenta de que el vínculo de dependencia que me unía contigo se ha acabado.

Se ha roto...

Me he acabado yo...

Me he roto.

 

Y sé que no puedo darlo todo por otra persona...  No puedo darme yo. Si se acaba el vínculo, se acaba todo...  Y me muero...  Y a pesar de ello me doy, y me regalo y ofrezco sin medida. Hasta que se me acabe todo. Hasta que se acabe lo que tengo.

Lo que soy.

Claro que si dependo de ti, tampoco soy mucho. Soy lo que tú me dejas. Lo que tú me dices que sea. Lo que tú quieres.

Y así acabo, que cuando tú quieres que yo no exista, no lo hago.

Y realmente quiero no existir.

Y realmente no existo.

 

 

 

 

Y, de repente, un día llega la muerte. La muerte de verdad. La de un familiar muy cercano. Entonces me doy cuenta de que la muerte no es lo anterior, que la muerte es la ausencia de un ser querido. Que ya no va a volver a estar entre nosotros. Al que ya no voy a volver a ver, ni hablar, ni a oír....     al que, igual que tú, nos va a separar la distancia.  Pero la distancia de verdad, la de con mayúsculas, la DISTANCIA.

La que no se mide en kilómetros.

La que crea soledad....   soledad de estar sólo, de querer estar sólo...

De no estar ni yo.

 

Y entonces ya no siento la perdida de mi familiar, tan solo siento TU perdida.

Ya no estás y me muero. Y me invade una oscuridad que fabrico yo para mí solo, a aún así, responsabilizo a los demás de su existencia. Incluso a ti.

Una oscuridad que lo llena todo de oscuridad oscura. Un filtro de amargura y de dolor. Un dolor que no se acabará nunca. Un dolor del que no aprenderé, porque realmente no quiero aprender. No quiero luchar, tan solo quiero aliviarme. Quiero que TÚ me alivies. Con tu aceptación de mi dependencia. Y no quiero saber de nadie, ni estar con nadie. Y paso mucho tiempo sólo. Tan sólo, que, a veces, ni siquiera estoy conmigo.

Y deseo que no seas feliz, que desaparezcas, que no hubieses nacido.

Y otras veces lo deseo para mí mismo...

 

 

Hasta que llega un momento (tras días, meses, o incluso años) donde ocurre un punto de inflexión en mi consciencia, un momento en que me doy cuenta de que no hay oscuridad tras lo que definí como muerte. Que lo que yo veía tan oscuro no era el exterior, sino yo mismo. Que ahí fuera sólo hay una infinidad de caminos...  unos caminos que antes no veía, unos caminos que parecen ofrecer una salida, otro alivio.

Pero hay tantos....        tantos... 

Tantos que da miedo.             

Eso es ahora la muerte:  El miedo.

 

Miedo a darme cuenta de que estoy sólo. A ser consciente de esa soledad existencial de la que el vínculo dependiente me aliviaba.  Yo era ella, ella era yo.

Los dos éramos uno.

Los dos éramos Dos.

Cada uno...    al fin y al cabo era cada uno...

 

Ahora ya no lamento tu pérdida, ya no me inunda la ira al juzgar si has o no rehecho tu vida sin depender de mí, ya no me duele que no me quieras (si es que alguna vez lo hiciste). Ya que ahora sólo soy muerte, y el miedo no me deja apenas más que reaccionar. No tengo capacidad para pensar, y aún menos para sentir. Mis emociones están cegadas. Y escuchar mi cabeza no es ni mínimamente agradable. Sólo puedo ir a tientas por esos caminos hasta encontrar la forma más rápida de dejar de sufrir.

Porque no quiero luchar.

Sólo quiero encontrar ese dulce alivio.

“La solución está en los demás” – me repito.

“Yo no soy quien debe aprender, es ella la que no me entiende” – digo una y otra vez para no enfrentarme a mí mismo.

“¿Acaso tendré miedo?”– y temiendo que no quiero saber la respuesta, me comento entre risas que no estoy preparado para oírla. No quiero aceptarlo todavía.

Y decido no escucharme más, ¿para qué si solo me hago sufrir?

 

Ahora sólo me preocupo de encontrar esa otra persona que me alivie lo suficiente como para no pensar en todo esto. Que consiga que ya no lo recuerde. Que logre que no me sienta culpable al no aprender de cada momento de sufrimiento, dolor, envidia, rabia, inseguridad, ansiedad, orgullo, celos, agresividad, nerviosismo, indiferencia, ansiedad, miedo, soledad, odio y tristeza que tuve.

O, que incluso, llegue a hacerme olvidarlos.

Negando que los tuve. Negando que un día yo estuve llorando por una mujer.

Negando que estuve llorando por ti.

 

Que, al fin y al cabo, un día estuve llorando por mí mismo.

Y ese día creí estar muerto.

 

 

 

 

 

...and move among the stars, you know they really aren´t so far....   ( Yoko kanno – Blue )

 
Photo 1 of 27